Ese culo no quiere pasar hambre
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Ese culo no quiere pasar hambre
Me acuerdo de la primera vez que me metí en una relación con alguien que realmente entendía mi deseo por el sexo anal. Era un hombre más grande que yo, con un cuerpo fuerte y musculoso que me hacía sentir débil y excitado al mismo tiempo. Su trasero era una obra de arte, una combinación perfecta de nalgas redondas y caderas anchas que me hacían soñar con la sensación de penetrar en ellos.
Recuerdo cómo se acercó a mí con un deseo evidente en los ojos, cómo me tomó en sus brazos y me besó con una pasión que me hizo sentir que estaba en el cielo. Su lengua era áspera y suave al mismo tiempo, y me hizo sentir que estaba siendo consumido por su deseo.
Cuando finalmente me metí en su cuerpo, sentí una sensación de liberación que no había experimentado antes. Fue como si mi verga se hubiera encontrado con su hogar, y que ambos estábamos diseñados para estar juntos. El juego de vaivén, la embestida y el gemido de placer que emitió fueron demasiado para mí, y me hizo sentir que estaba a punto de explotar.
Ese momento fue el comienzo de una relación llena de pasión y deseo. Me enseñó a explorar mi cuerpo y a encontrar placer en lugares que nunca había imaginado. Me mostró que el sexo no era solo una actividad física, sino una conexión emocional y espiritual que me hacía sentir vivo.
Hasta ahora, ese recuerdo sigue siendo uno de los más intensos de mi vida. Me hace recordar que el sexo es una forma de conexión con el otro, y que el deseo es algo que debe ser compartido y disfrutado. Y sobre todo, me hace recordar que el cuerpo es un templo sagrado que debe ser respetado y amado.
Me acuerdo de la primera vez que me metí en una relación con alguien que realmente entendía mi deseo por el sexo anal. Era un hombre más grande que yo, con un cuerpo fuerte y musculoso que me hacía sentir débil y excitado al mismo tiempo. Su trasero era una obra de arte, una combinación perfecta de nalgas redondas y caderas anchas que me hacían soñar con la sensación de penetrar en ellos.
Recuerdo cómo se acercó a mí con un deseo evidente en los ojos, cómo me tomó en sus brazos y me besó con una pasión que me hizo sentir que estaba en el cielo. Su lengua era áspera y suave al mismo tiempo, y me hizo sentir que estaba siendo consumido por su deseo.
Cuando finalmente me metí en su cuerpo, sentí una sensación de liberación que no había experimentado antes. Fue como si mi verga se hubiera encontrado con su hogar, y que ambos estábamos diseñados para estar juntos. El juego de vaivén, la embestida y el gemido de placer que emitió fueron demasiado para mí, y me hizo sentir que estaba a punto de explotar.
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Hasta ahora, ese recuerdo sigue siendo uno de los más intensos de mi vida. Me hace recordar que el sexo es una forma de conexión con el otro, y que el deseo es algo que debe ser compartido y disfrutado. Y sobre todo, me hace recordar que el cuerpo es un templo sagrado que debe ser respetado y amado.
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