Mi amigo y yo nos masturbamos hasta que nos corremos
¿Te gustó esta noticia?
0 apoyos
0 apoyos
Recuerdo la noche en que mi amigo y yo decidimos darse un capricho. Estábamos en mi casa, rodeados de la comodidad de mi habitación, y nos miramos con una sonrisa cómplice. El aire estaba cargado de tensión sexual, y sabíamos que estábamos a punto de desatar un juego erótico que nos llevaría a la cúspide del placer.
Nos miramos a los ojos, y sin necesidad de palabras, supimos qué estaba sucediendo. Comenzamos a tocarnos, a explorar nuestros cuerpos desnudos, a sentir la textura de nuestra piel. Mis manos recorrieron su torso, acariciando sus nalgas y su trasero, mientras él me tocaba la polla con una suavidad que me hizo sentir un escalofrío.
El juego comenzó a intensificarse, y nos metimos en un ritmo de masturbación sincronizada. Cada movimiento era una invitación a profundizar en el placer, a sentir la emoción de la excitación compartida. Nuestros jadeos se convirtieron en gemidos, y nuestros cuerpos comenzaron a tensarse hacia el clímax.
La liberación fue explosiva, y nos corrimos al unísono, sintiendo que nuestra conexión física y emocional había alcanzado un punto máximo de intimidad. En ese momento, no había nada más que el placer y la satisfacción de haber compartido ese momento con mi amigo.
La experiencia nos dejó exhaustos, pero también nos dio una sensación de conexión y de amor que nos unió en un nivel más profundo. Supimos que habíamos compartido algo especial, algo que solo se puede experimentar en la intimidad de un encuentro íntimo. Y aunque no hubo palabras, supimos que nuestra amistad había sido fortalecida por ese momento de placer compartido.
Nos miramos a los ojos, y sin necesidad de palabras, supimos qué estaba sucediendo. Comenzamos a tocarnos, a explorar nuestros cuerpos desnudos, a sentir la textura de nuestra piel. Mis manos recorrieron su torso, acariciando sus nalgas y su trasero, mientras él me tocaba la polla con una suavidad que me hizo sentir un escalofrío.
El juego comenzó a intensificarse, y nos metimos en un ritmo de masturbación sincronizada. Cada movimiento era una invitación a profundizar en el placer, a sentir la emoción de la excitación compartida. Nuestros jadeos se convirtieron en gemidos, y nuestros cuerpos comenzaron a tensarse hacia el clímax.
La liberación fue explosiva, y nos corrimos al unísono, sintiendo que nuestra conexión física y emocional había alcanzado un punto máximo de intimidad. En ese momento, no había nada más que el placer y la satisfacción de haber compartido ese momento con mi amigo.
La experiencia nos dejó exhaustos, pero también nos dio una sensación de conexión y de amor que nos unió en un nivel más profundo. Supimos que habíamos compartido algo especial, algo que solo se puede experimentar en la intimidad de un encuentro íntimo. Y aunque no hubo palabras, supimos que nuestra amistad había sido fortalecida por ese momento de placer compartido.
Comentarios (0)
Aún no hay comentarios aprobados.